#Barbenheimer – Oppenheimer

Algo incuestionable es la expectativa que despierta C. Nolan cuando anuncia una nueva película. En ese sentido, Oppenheimer no decepciona. No decepciona por la gran expectativa que despertó, por las salas llenas, por las supuestas recomendaciones de lugares para «disfrutarla como se debe» y tampoco decepciona por ser fiel a la exitosa fórmula Nolan.

A nivel visual (y aquí, a diferencia de Barbie, sí quiero rescatar el elemento visual porque es clave en la narrativa) Oppenheimer es, como nos tiene acostumbrados Nolan, impresionante. Aunque más allá de las tomas aéreas y un diseño de producción digno de una película con ese presupuesto el juego con el color es fundamental en la narrativa.

Uno de los principales problemas de TENET fue la propuesta narrativa. Para mí fue algo respetable porque Nolan se atrevió a llevarla al límite, aunque, seamos honestos, no funcionó. En cambio, Nolan refinó muchos de los detalles de ese tipo de narrativa y de manera contundente se mueve entre el color, filtros y blanco y negro para llevar la historia por distintos niveles: temporales, subjetivos y meramente narrativos (en su noción clásica, lineal). Este diálogo en varios niveles es, a mi parecer, lo más destacado de la cinta.

En cuanto al argumento, Nolan ofrece una falsa premisa (la bomba o, mejor dicho, el proyecto Manhattan) que guía prácticamente toda la película y es hasta el final que se revela el verdadero meollo de la historia. Otro clásico de la fórmula Nolan, pero que esta vez logra insertar de manera más ingeniosa en comparación con otras de sus cintas. Aunque es necesario decirlo, esperar alrededor de 2 horas y 30 minutos para llegar a ese giro inesperado es algo, francamente, decepcionante.

A diferencia de Barbie que considero echó de menos algunos minutos más para redondear algunos de sus argumentos, Oppenheimer abusa de la duración; ofrece partes aburridas que aportan muy poco al desarrollo de la narrativa que se compensan con secuencias aceleradas que, reconozco, funcionan muy bien.

La bomba atómica es el elemento de morbo que atrae a gran parte de la audiencia

Se refleja muy bien lo que implicó el desarrollo del proyecto Manhattan, resultado de una labor de cientos de científicos (y algunas científicas), pero acreditado a un solo hombre. No obstante, uno de los principales problemas es la minimización del reto que era crear una bomba de ese tipo. Claro, hay diálogos en los que se hacen algunas referencias y una escena de 10 segundos (contados) en la que se intenta explicar su funcionamiento, pero no más. ¿No habría sido conveniente sustituir las escenas de bolitas, rayitas y alucinaciones bizarras con algún tipo de secuencia que permitiera a la audiencia adentrarse en lo que implica la fisión nuclear, así como lo poco que se sabía (y mucho que se temía) de la radiación? Es verdad, hay un diálogo en torno al miedo que existía con respecto a generar una fisión tan grande que podría quemar la atmósfera, pero la manera en que se expone, sinceramente, deja mucho que desear.

Ahora ¿qué ofrece Oppenheimer? Mucho, mucho de lo que coloquialmente llamamos chisme. Se adentra en el personaje de manera exhaustiva: lo bueno, lo malo, sus miedos, alegrías (aunque pocas para efectos de la narrativa), vida personal, ideología, etc. Todo ello ofrece un buen retrato de quién era J. R. Oppenheimer con un matiz sumamente elaborado. Es decir, no lo pinta ni como totalmente bueno ni como totalmente malo, lo presenta con los matices que todos tenemos en la realidad.

La cinta también dedica una buena parte al contexto político ideológico de la época, sobre todo en lo que respecta al combate contra el comunismo (soviético, principalmente). Algo fundamental para entender gran parte del desarrollo, no obstante, por momentos simplemente funge como mero relleno sin ofrecer explicaciones más amplias. Esto puede ser problemático si la audiencia no tiene muy claro el contexto pre-guerra fría ni lo que sucedió durante los años inmediatos al final de la Segunda Guerra Mundial.

Por último, la cinta también dedica una buena oda al supuesto excepcionalísimo estadounidense. No me corresponde entrar en detalles, pero la escena que reconstruye el momento de celebración tras la prueba Trinity es, francamente, ridícula. Otra secuencia que cae en lo ridículo es el tormento de Oppenheimer por haber impulsado la creación de la bomba, aspecto que se quiere transmitir a la audiencia mediante una fantasía sobre los horrores que causó su detonación. El desarrollo de esta noción es terrible, no genera la empatía que quiere transmitir y aquí valdría preguntarse: si quieres transmitir empatía por las víctimas ¿dónde están las víctimas?

En fin, la cinta cumple con las expectativas que levantó y no ofrece nada más que lo predecible. Tal vez ofrece mucho para quien esté interesado en lo que rodeó a Oppenheimer desde sus años como estudiante hasta la última etapa de su vida pública junto con escándalos relativos a la política estadounidense durante los primeros años de desarrollo de la Guerra Fría.

Así como lo hice con Barbie, si me pidieran sintetizar mal y rápido lo que es Oppenheimer diría que se trata de un eterno drama entre hombres con el fin de demostrar quién es más hombre.