Durante años rechacé las pastas. No, no era porque me desagradaran creo que la decepción me llevó a pensar que todas las pastas eran iguales.
¿Y cómo no? Pastas sobrecocidas, chiclosas o al punto de quebrarse con el menor movimiento, salsas de jitomate (tomate, como le dicen en otras partes) pasadas de sal y condimentadas con cosas que ni siquiera estoy seguro que sea adecuado consumir, crema barata que se manifiesta agresivamente en el estómago, y un sin fin de otras desgracias.
Claro, hubo excepciones que se convirtieron en lindos recuerdos que al tratar de buscar en otras partes daban paso a la decepción.
No, nunca fui adepto de las pastas.
No podía ser que existiera una opinión general tan favorable hacia las pastas y mis experiencias fueran desalentadoras. Quise superar la decepción y darles otra oportunidad. ¿La solución? Yo tenía que prepararlas.
No fue tarea fácil. Lo primero era tratar de recordar cómo se preparaban, pero eso solamente me llevó a los viejos conocidos errores así que pasé a buscar otras fuentes. Leer, leer, leer, programas de cocina, recetas, Youtube. De todo para tratar de entender qué es una buena pasta y cómo debe prepararse.
Tras muchos intentos, algunos más satisfactorios que otros, no diría que soy un experto, pero estoy seguro de que mis pastas son decentes. Me atrevería a decir que son dignas de un restaurante memorable, el que le recomiendas a tus amistades, al que llevarías a alguien con quien quieres quedar bien, ese que da gusto pagar. Aunque creo que en mis pastas cometo algunos ¿errores? Lo dejaré en adiciones. Adiciones que le pondrían los pelos de punta a los puristas (o a alguno que otro italiano, no sé, puede ser).
Después de malos años ahora soy fanático de las pastas, pero de las pastas bien hechas.

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