Recuerdo de un invierno atípico

Hace algunos años visité una ciudad peculiar. Lo que me llevó a ella fue un evento académico y la verdad es que de no haber sido por eso no la hubiera conocido por voluntad propia.

Lo primero que me impresionó fue la cordillera que deslumbra al viajero desde antes de llegar. La ruta de mi vuelo recorrió, de norte a sur, la maravillosa cordillera nevada. Durante toda la madrugada observé por la ventada del avión los picos que sobresalen, los pequeños valles que se forman en medio de las formaciones rocosas y las pocas luces que delatan asentamientos (seguramente hoteles de lujo).

La llegada me alteró, pasé del caluroso verano en el hemisferio norte a un húmedo y helado invierno en el hemisferio sur. Era una mañana lluviosa. Lo bueno, la impresionante cordillera que opacaba a los edificios más altos y modernos de la ciudad. Lo malo, el frío insoportable para el que mi cuerpo tropical (por eso de vivir entre trópicos) no estaba listo, menos en julio. Mi cuerpo procesó ese cambio como un invierno atípico y los primeros días en esa ciudad los pasé fatal, el llamado trastorno afectivo estacional como a los conocedores les gusta llamarlo.

Como todo en la vida, cuando nos enfrentamos a algo nuevo partimos de lo conocido para establecer comparaciones y tratar de entender, explicar, pues, ante qué estamos. Con eso en mente, esta ciudad me pareció pequeña. Algo que me extrañó mucho ya que se trataba de la capital y aunque después de unas horas creí que lo había superado fue un pensamiento que rondó por mi cabeza durante todo el mes que estuve por allá.

Durante los primeros días no estaba seguro de lo que sentía pero después de una semana me había convencido, no me gustaba esta ciudad. Utilicé el metro, sus autobuses, caminé, caminé mucho, visité restaurantes, probé comida callejera, recorrí cantinas, bares, sitios turísticos, museos, memoriales, pero había algo que no terminaba de gustarme. Tiempo después, meses y ahora años, creo que la respuesta siempre estuvo frente a mí y no quería aceptarla porque es algo que también marca a la ciudad en la que vivo: la desigualdad económica normalizada en la sociedad.

Pero fuera de ese sentimiento amargo mi estancia en esa ciudad fue linda. Lo que más me sorprendió fue su vida literaria. Librerías, cafeterías para leer, librerías cafeterías, presentaciones de libros, fomento a la lectura, estímulos para escritores. Además, cada rincón de esa ciudad, al menos la parte central y no la periferia que ha sufrido mucho por esa desigualdad económica normalizada, invita a recordar su pasado. Un pasado que por donde se vea sigue vigente, en diálogo con el presente con orgullo y persistencia, pero también con la insoportable huella de los excesos cometidos por un régimen que llegó a sangre y fuego y se fue sin pagar por sus crímenes.

Es una ciudad que te invita a leer. Te invita a leer para conocerla más a fondo, invita a leer porque su oferta literaria es impresionante, te invita a leer porque sus calles son dignas de una novela del boom latinoamericano, pero también con pasajes dignos de la actual narrativa latinoamericana con sus alegrías y sus tristezas, con sus problemas y sus muestras de orgullo. Creo que ese fue el momento en el que decidí que quería escribir algo más que solamente historiografía.

Esta noche me acordé de Santiago de Chile. Jamás negaré lo mucho que me enseñó esa ciudad. Estoy seguro de que marcó mi vida para bien y para mal, podría atreverme a sostener que en mi crecimiento como persona hay un antes y un después por ese viaje, pero especialmente por mi paso por esa ciudad. Tal vez algún día nos volveremos a encontrar, tal vez nunca nos volvamos a ver. No lo sé.

Lo único de lo que estoy seguro ahora es que es una ciudad que, si tienes la oportunidad, vale la pena conocer.