Por una suerte de coincidencias y eventos en reconocidas instituciones académicas, las últimas semanas he escuchado mucho sobre la relación entre la historia y la ficción a través de la novela histórica.
En una de estas conferencias se hablaba de la importancia que tiene el discurso escrito para ambas, pero aunque es verdad que la escritura es el medio por excelencia a través del cual transmitimos lo que hacemos las formas de construir el mensaje difieren.
En ambos casos el discurso escrito responde a directrices, norma y fines precisos. En la historia procedemos de acuerdo a ciertas técnicas de la disciplina para construir narrativas verificables (de ahí nuestra obsesión con las fuentes), en sintonía con los alcances del conocimiento actual (conocimiento histórico) que a su vez se someten al escrutinio y aprobación de los pares. En esta lógica el discurso escrito de la historia se ajusta a normas precisas sobre las que se puede construir, pero transgredirlas llevaría a un rechazo por parte de ciertos pares lo que, eventualmente, descalificaría a las producciones que no se ajusten a las reglas.
La ficción en su forma de novela histórica podría parecer más libre en cuanto a las normas que rigen su construcción, pero de ninguna manera podría asegurar que no las tiene. Por su puesto que la novela histórica se ajusta a ciertas pautas que ayudan a crear productos verosímiles, bien estructurados, que despiertan emociones, y aunque no sean plenamente verificables (como el discurso histórico busca que sea su conocimiento) las estrategias narrativas pueden llevar a que los receptores no se cuestionen lo que están leyendo e incluso lo validen como algo que efectivamente sucedió.
Sin entrar en los debates sobre la realidad, lo verificable y hasta qué punto realmente podríamos tener certeza de algo que no existe como es el pasado, creo conveniente señalar que aunque historia y novela histórica generan conocimientos específicos es necesario proceder con cautela al momento de tender juicios de valor y construir enunciados categóricos.
Con respecto a la novela histórica, me parece una forma maravillosa de transmitir el conocimiento histórico sin el rigor que muchas veces aleja a quienes se interesan por el pasado. Sin embargo, creo que es conveniente proceder con honestidad para dejar claro, en todo momento, que el componente de ficción (imaginación) es lo que rige a la novela y, aunque se busque verosimilitud, en muchos casos lo expuesto no es verificable.
Ahora ¿qué nos lleva a catalogar una novela como novela histórica? ¿Las referencias a sucesos que en la memoria colectiva se identifican como históricos? ¿Referencias a los llamados personajes históricos? ¿Situar el escenario en el pasado? No me atrevería a responder porque no lo tengo tan claro, pero cuando escribí mi novela traté de darle un tinte de novela histórica en parte porque la ambienté a finales de los 80, pero también por el intento de establecer referencias a la memoria colectiva a partir de detonantes precisos: el metro, las calles de la Ciudad de México, la música, etc.
En fin, toda esta reflexión me vino por lo que adelanté al inicio, pero también porque estoy trabajando en una novela histórica en forma, con una fuerte carga de verosimilitud que, espero, llegue a buen puerto.
